LOS GOLES SON EL DESENLACE DEL PARTIDO… LAS DECISIONES SON EL DESENLACE DEL MUNDIAL.

El apunte de Pepe Hanan
En Línea Deportiva

Amigo lector:

Déjeme hacerle una pregunta.

Cuando terminó el partido entre México y Chequia…

¿Cuál cree usted que fue la mejor decisión de Javier Aguirre?

No tenga prisa en responder.

Yo tampoco la tuve.

Seguramente muchos elegirán el gol de Mateo Chávez.

Otros se quedarán con la aparición de Julián Quiñones.

Habrá quien recuerde el disparo de Álvaro Fidalgo al ángulo o la gran ovación que recibió Guillermo Ochoa al ingresar al terreno de juego.

Todas son respuestas válidas.

Pero, mientras regresaba a casa, no dejaba de darle vueltas a una idea.

Creo que estamos analizando el partido equivocado.

No me refiero al marcador.

México ganó bien.

Terminó primero de su grupo.

Consiguió nueve puntos de nueve posibles.

Seis goles a favor.

Ninguno en contra.

Por primera vez en su historia ganó los tres partidos de una fase de grupos de una Copa del Mundo.

Y, además, se convirtió apenas en la sexta selección que logra combinar paso perfecto con portería invicta.

Todo eso quedará registrado en los libros de historia de los Mundiales.

Pero los libros casi siempre cuentan lo que pasó.

Muy pocas veces explican por qué pasó.

Y ahí, precisamente ahí, comienza la parte que más me interesa.

Porque, mientras la mayoría analiza los goles, yo prefiero detenerme en las decisiones.

Tengo la impresión de que Javier Aguirre no empezó a ganar este partido cuando Mateo Chávez abrió el marcador.

Lo empezó a ganar varios días antes.

Mientras todos discutíamos si Guillermo Ochoa debía ser titular, si era conveniente descansar a medio equipo o si el tercer partido ya no tenía importancia porque México ya estaba clasificado, el Vasco probablemente estaba resolviendo preguntas completamente distintas.

¿Cómo rotar sin romper el funcionamiento?

¿Cómo administrar el desgaste físico sin perder ritmo competitivo?

¿Cómo reconocer a una leyenda sin afectar la confianza del portero que se había ganado el puesto?

¿Cómo mantener involucrados a veintiséis futbolistas sabiendo que solamente juegan once?

Y, sobre todo…

¿Cómo llegar mejor a la etapa donde realmente comienzan los Mundiales?

Porque no nos confundamos.

La fase de grupos premia.

La eliminación directa sentencia.

Y, conforme avanzaban los minutos frente a Chequia, empecé a entender que Aguirre ya no estaba dirigiendo un partido.

Estaba administrando consecuencias.

La primera fue resistir la tentación.

El camino sencillo era cambiar medio equipo.

Dar minutos por compromiso.

Quedar bien con todos.

Convertir el partido en una ceremonia de reconocimientos.

Lo que, sinceramente, habría sido una verdadera locura.

Aguirre hizo exactamente lo contrario.

Rotó donde creyó conveniente.

Descansó a quienes necesitaban descanso.

Pero jamás rompió la estructura.

Nunca sacrificó la identidad del equipo.

Porque, normalmente, lo que funciona bien no necesita cambiarse.

Y un Mundial no se gana formando equipos distintos cada cuatro días.

Se gana fortaleciendo una misma idea.

Confieso que hubo una decisión que me gustó especialmente.

La de Raúl Rangel y Guillermo Ochoa.

Toda la semana se habló del posible homenaje para Memo.

Muchos lo pedían como titular.

Aguirre decidió otra cosa.

Y, para mi gusto, acertó.

Rangel inició el partido porque se lo había ganado.

Dos encuentros.

Cero goles recibidos.

Seguridad.

Confianza.

Era justo mantenerlo.

Después, cuando el partido estaba completamente controlado, apareció Guillermo Ochoa.

El Estadio Azteca explotó.

Fue uno de esos momentos que ponen la piel de gallina.

Y, sin embargo, nadie sintió que Rangel había perdido.

Al contrario.

Los dos ganaron.

Uno conservó la confianza.

El otro recibió el reconocimiento que su carrera merece.

Y el vestidor entendió un mensaje muy poderoso.

Aquí primero juega el presente.

Después se honra la historia.

Ésa, para mí, fue la mejor decisión de Javier Aguirre.

Y no apareció en el resumen del partido.

Tampoco pasó desapercibida otra decisión.

Luis Romo volvió a ser titular.

Hace apenas unos días, muchos seguían preguntándose por qué Álvaro Fidalgo había salido del once inicial.

Aguirre respondió con hechos.

Ratificó a Romo.

Y terminó participando en la jugada del primer gol.

Las decisiones repetidas dejan de ser experimentos.

Se convierten en convicciones.

Y un seleccionador necesita convicciones mucho más que popularidad.

Hay otro dato que me parece revelador.

Al terminar la fase de grupos, Javier Aguirre había utilizado a veinticinco de los veintiséis convocados.

Solamente Carlos Acevedo quedó sin minutos.

Muchos dirán que repartió oportunidades.

Yo lo veo distinto.

Y ahí es donde cambia la perspectiva.

No repartió minutos.

Construyó pertenencia.

Hizo sentir parte del proyecto a prácticamente todo el grupo sin debilitar nunca el funcionamiento colectivo.

Primero protegió la competencia.

Después protegió al vestidor.

Y ese orden explica muchas cosas.

También creo que existe una decisión silenciosa que terminará teniendo un enorme valor.

Terminar primero del grupo no solamente significa clasificar.

Significa permanecer en el Estadio Azteca.

Significa seguir jugando a más de dos mil doscientos metros sobre el nivel del mar.

Significa evitar traslados.

Mantener rutinas.

Dormir en el mismo lugar.

Entrenar en el mismo entorno.

Obligar al siguiente rival a adaptarse mientras México permanece en casa.

Chequia comenzó a resentir el desgaste conforme avanzó el segundo tiempo.

Los siguientes rivales también tendrán que convivir con esa realidad.

No garantiza victorias.

Pero los Mundiales rara vez se deciden por una sola gran ventaja.

Normalmente se deciden por muchas pequeñas ventajas acumuladas.

Y los grandes seleccionadores aprenden a construirlas desde el primer día del torneo.

Por eso, cuando terminó el partido, no pensé en los tres goles.

Pensé en las consecuencias.

Porque las decisiones de Aguirre no estaban diseñadas para ganar únicamente frente a Chequia.

Estaban diseñadas para llegar mejor a los dieciseisavos.

Y después, a los octavos.

Y, si el fútbol lo permite, seguir avanzando.

No sé hasta dónde llegará México.

Sería irresponsable afirmarlo.

La eliminación directa no concede segundas oportunidades.

Un mal partido puede borrar todo lo construido.

Pero sí creo haber descubierto algo en este Javier Aguirre.

Hace unos días escribía que el Vasco ya no buscaba.

Que el Vasco ya había encontrado.

Hoy agregaría algo más.

Ya no administra partidos.

Administra consecuencias.

Y quizá ahí viva la diferencia entre un entrenador y un verdadero seleccionador.

Porque los goles alimentan la memoria de los aficionados.

Pero son las decisiones las que terminan escribiendo la historia.

No sé qué nos depare este Mundial.

Nadie puede saberlo.

Pero sí sé una cosa.

Hasta hoy, Javier Aguirre ha entendido algo que muy pocos comprenden.

Los partidos duran noventa minutos.

Las consecuencias de las decisiones pueden durar toda una vida.

Ahora sí comienza el Mundial que todos recordamos.

El de los partidos donde ya no existe mañana.

Donde un error puede borrar cuatro años de trabajo.

Donde una decisión correcta puede convertir a un futbolista en héroe…

…y a un seleccionador en leyenda.

Porque en los Mundiales sobreviven muchos.

Pero solamente uno termina levantando la Copa.

Y, hasta ahora…

Javier Aguirre ha administrado cada consecuencia…

“Pian pianito”.

Mientras tanto…

VEREMOS Y DIREMOS…

Nosotros, como siempre, seguiremos en línea.

Hasta la próxima.

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