Casi a madrazos por las pensiones

Sentido Común | Por Luis Gabriel Velázquez

En una reunión de este fin de semana casi nos liamos a golpes.

Era un cumpleaños con carnitas, consomé de res, cerveza y unos anfitriones espléndidos. Mesa redonda de diez personas, sillas Tiffany, en una fiesta de cuando menos 200 invitados. Los protagonistas éramos unos completos desconocidos, pero después de un ratito de convivencia ya se antojaba hasta planear una carne asada, porque ya éramos así como “brothers”, esa palabra que ha abaratado la verdadera amistad.

Pero alguien preguntó:

—¿Cómo ven al gobierno?

La primera en responder fue una mujer de vestido fiusha, o como se escriba:

—De la chingada.

Creo que iba un poco impulsada por las ampolletas que se había tomado desde antes de llegar a las carnitas. La verdad no las conté. Y la valiente comensal de plano se tiró a matar:

—Por pinches 6 mil pesos tenemos este gobierno.

Yo nunca dije quién era ni a qué me dedicaba, porque nadie me lo preguntó. Casi nunca lo digo; cuando lo hago, siempre resulta contraproducente. Me quedé callado, y quien me acompañaba me apretó la pierna, clara señal de “no te metas en líos”.

No hacía falta. Una pareja de más o menos 50 años, que por lo que entendí tiene una veterinaria, saltó desde la tercera cuerda:

—¿Y entonces qué? ¿Que regrese el PRIAN? Al menos éstos no se lo roban.

Yo estuve a punto de escupir la chela de la carcajada por el chiste involuntario, pero en silencio, porque acuérdense que me habían pedido que no me metiera en líos.

Entonces entró al quite el esposo de la señora de fucsia:

—Nunca había habido tanta inseguridad. Ya compramos un perro, una alarma…

Y otra cosa que ya no recuerdo, pero dijo que gastaban mucho para poder dormir tranquilos.

En la mesa había dos jóvenes de unos 25 años. El primero quiso entrarle a la plática en plan té de manzanilla, para caer bien y calmar a todos:

—Pues hay cosas buenas y cosas malas.

Pero su acompañante atizó otra vez la polémica:

—No manches, ¿cuáles?

—Pues que ya a los señores grandes les dan su lana, y antes no.

—Sí, pero no se la dan a quien la necesita. Mi tío es notario y cobra su pensión, y ni la necesita.

No supe de qué notaría; me hubiera encantado saberlo.

Y ahí va su servidor de metiche:

—Deberían hacer un padrón de quién realmente lo necesita.

El apretón de pierna se repitió, con más intensidad.

Volvió a intervenir el esposo de la de fucsia:

—Están chavos y no se acuerdan, pero eso de regalar dinero ya lo hacía Salinas de Gortari. Y ahora Morena cree que lo inventó.

—Pues yo no me acuerdo de eso —le reviró la señora de la veterinaria—. Solo me acuerdo de que antes no recibíamos nada y ahora sí.

Y ahí se calentó la mesa. La de fucsia remató:

—No se acuerdan porque la memoria se les nubló con lo que les dan.

Uuuuuhhhh.

—A mí no se me nubla nada —respondió la agraviada—. Hay periódicos, y ahí están los que saquearon al país.

Había un par de hermanas en la mesa que nunca dejaron de comer durante la discusión. Olieron el peligro y mejor se pararon a hacer no sé qué.

Y que se arma. El esposo de la de fucsia:

—¿Qué pasó con ese respeto, señora? Es mi esposa.

—Pues que no ofenda.

—¡Nadie la ofendió! —gritó la de fucsia.

Y zaaaaasss… que le avienta una corcholata a la señora de la veterinaria. Pero con la puntería de quien lleva no sé cuántas ampolletas, la corcholata pasó de largo y fue a caer directito en el consomé de mi acompañante, con salpicada de caldo incluida en su blusa.

Ahí ya no hubo apretón que me detuviera. Los dos maridos ya estaban de pie para arreglar sus diferencias a la antigüita, y me paré yo también. Por un segundo fuimos tres los que íbamos a hacer el ridículo en un cumpleaños ajeno.

—Ya estuvo, señores. Este no es el lugar.

Los maridos se sentaron, más por vergüenza que por convencimiento. La de fucsia pidió perdón a medias y otra ampolleta completa. Las hermanas regresaron como si nada, y el chavo de la manzanilla nomás miraba su plato.

Lo curioso es que los dos bandos tenían un pedazo de razón y un pedazo de mentira. Con Salinas había Solidaridad, no pensiones; la pensión a adultos mayores arrancó en 2001 en el entonces DF y a nivel federal en 2007. Ni Salinas la inventó ni Morena tampoco. El apoyo sí llega, aunque a veces le llegue al tío notario que no lo necesita.

Y ahí está lo que nadie en esa mesa quiso discutir: no se trata de si el dinero lo da Morena o lo daba el PRIAN, sino de si le llega a quien de verdad le hace falta. Un padrón serio, revisado y público valdría más que cualquier pleito de sobremesa.

Como siempre pasa con estos pleitos, el golpe no le cayó a quien se lo aventaron. Le cayó a la que ni opinó.

Ya de regreso, mi acompañante, todavía oliendo a consomé, me dijo:

—¿Ves? Por eso no hay que meterse.

P. D. Esto lo escribí con autorización del cumpleañero, con una sola condición: no poner nombres. Concedido.