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Las cosas han cambiado mucho en aviación. A los tiempos convulsos que vive la propia industria y que estima que no se recuperará al 100% hasta 2024, se suma la poca confianza que experimenta un pasajero a la hora de volar en un espacio cerrado con otros cientos de personas. Para tratar de infundir tranquilidad, las aerolíneas se han puesto manos a la obra.

Ahora hay que permanecer con la mascarilla puesta durante todo el vuelo (en el caso de Qatar Airways, además, hay que llevar una pantalla adicional), los procedimientos de limpieza de los aviones han cambiado, se exige distancia social a la hora de embarcar y algunas aerolíneas, como Delta, tienen claro que al menos hasta septiembre van a seguir bloqueando el asiento central de sus aviones (lo que supone volar al no más del 77% de su capacidad). El servicio de comida y bebida a bordo se ha reducido a la mínima expresión, o cancelado directamente en vuelos de corto radio, y los movimientos en cabina –como hacer cola para el baño- tampoco están permitidos.

Sabemos que todas estas medidas son, ciertamente, incómodas, pero lo que no tenemos tan claro es que sean suficientes. En principio, y al tratarse de un espacio cerrado con mucha gente, el riesgo general de contraer una enfermedad a bordo de un avión debería ser similar al de otras áreas limitadas con alta densidad de ocupantes, como un autobús, un metro o una sala de cine… salvo porque los aviones cuentan con una ventaja que no poseen los anteriores y que hace probablemente menor el riesgo que en muchos otros espacios: su moderno sistema de filtración de cabina equipado con filtros HEPA. Esto es lo que hace que un avión sea un entorno seguro.